Este proyecto nace desde la voz y la experiencia de las mujeres y hombres cuidadores de la Mesa de personas cuidadoras de la Comuna 9. Ellas y ellos reconstruyeron colectivamente los lugares que marcaron su vida: calles, parques, cerros, tiendas y heladerías que alguna vez fueron hogar, descanso, encuentro y alegría.
Estos lugares no siempre aparecen en los listados oficiales de patrimonio, pero viven en la memoria afectiva. El patrimonio también es vínculo, práctica cotidiana, gesto y cuidado.
Cuando una cuidadora recuerda un lugar, lo devuelve al mapa del mundo.
Este micrositio recoge esos recuerdos en forma de cartografía viva y relatos audiovisuales, para invitarnos a ver la ciudad desde donde se sostiene la vida: el cuidado.
El Barrio que Resuena en Mí es un proyecto de memoria viva creado junto a mujeres y hombres cuidadores de la Comuna 9. Partimos de una pregunta sencilla y profunda: ¿qué lugares del barrio guardan nuestras historias? No solo los monumentos o edificios señalados como patrimonio oficial, sino también las heladerías, los parques, las esquinas, los cerros, las tiendas y las calles que marcaron la vida cotidiana, el afecto, el trabajo y los vínculos.
Este proyecto muestra cómo el patrimonio no es solo lo que se construye en piedra, sino también lo que se hace con el cuerpo y la memoria: los recorridos, las conversaciones, los cuidados, las fiestas, los dolores y los duelos que se vivieron en esos lugares. Las mujeres que hoy cuidan —muchas veces en silencio y sin relevo— guardan en su memoria los territorios donde alguna vez cuidaron de sí mismas.
Aquí recuperamos esas historias.
Las escuchamos.
Las hacemos visibles.
Y las colocamos en el centro de la conversación sobre el barrio que habitamos y el que queremos construir.
En encuentros participativos, compartimos recuerdos, mapas afectivos y experiencias de cuidado. Hablamos de patrimonio desde lo sensible: los olores, los sonidos, las rutas, los miedos, los tiempos, la belleza y la pérdida.
Aquí identificamos los lugares que resuenan en la memoria y en el cuerpo.
Visitamos los lugares elegidos por las cuidadoras. Allí grabamos relatos, fotografías y videos. El territorio habló a través de ellas: cómo cambió, qué desapareció, qué permanece, qué duele, si apoya la labor del cuidado y qué se espera recuperar.
El proyecto culminó con un encuentro abierto a la comunidad. Se presentaron los videos testimoniales, la cartografía y la muestra fotográfica. Las cuidadoras compartieron sus reflexiones y sentidos. El territorio se reconoció a sí mismo a través de sus voces.
Este mapa no solo muestra lugares: muestra vidas.
Aquí se entrelazan las voces de las mujeres y hombres cuidadores, sus recuerdos, sus caminatas, sus ausencias y sus resistencias en territorios que con frecuencia, como sucede en Medellín, son adversos al cuidado.
Haz clic en cada marcador o explora los videos para escuchar el barrio desde el corazón de quienes lo sostienen, de las personas que cuidan.
🔎Consejo: Acerca el mapa a tu dispositivo.
Las mujeres y hombres cuidadores conocen el barrio desde la memoria y desde el cuerpo: caminos recorridos empujando sillas, parques que alguna vez fueron descanso, calles donde se amó, se trabajó y se crió.
En estos videos, ocho cuidadoras de la Mesa de personas cuidadoras de la comuna 9, narran sus lugares significativos: centralidades no oficiales que guardan historia afectiva — tiendas, heladerías, esquinas, colegios, calles que antes eran encuentro.
Hoy, muchas de ellas ya no pueden acceder a esos lugares con las personas que cuidan.
La ciudad cambió, pero la memoria sigue viva.
Te invitamos a escuchar, sentir y reconocer cada historia desde su propia voz, ingresando en el recuadro que te interese👇.
El barrio el Nacional nació en la falda de la montaña, sobre tierra amarilla, entre cañadas abiertas y casas levantadas con bareque, tejas de zinc y colaboración entre vecinas.
No fue la planeación urbana la que trazó sus calles, sino las mujeres y hombres que estiraron mangueras para compartir el agua, mujeres que cuidaron hijos, madres, vecinas y barrio al mismo tiempo. Aquí, el cuidado ha ocurrido puertas adentro, no por elección, sino porque las pendientes pronunciadas y las escaleras interminables y los andenes con obstáculos, hacen que salir sea un riesgo.
Cuidar también fue sostener la tienda, el emprendimiento familiar, freír la empanada, atender al cliente y vigilar el silencio cuando la violencia marcó la cuadra.
El Nacional es patrimonio vivo porque guarda una historia donde amor, miedo y resistencia se tejieron en la misma casa. Aquí, la vida se sostuvo cuesta arriba y aún se sostiene gracias a las mujeres que no dejaron caer el barrio.
Calle Ayacucho:
Antes era una calle para caminar despacio, conversar y ver pasar la vida. La llegada del tranvía trajo movilidad necesaria para los habitantes del barrio, pero también desplazó los cuerpos frágiles de las personas dependientes de cuidado hacia otros lugares.
Las casas se volvieron negocios, las noches se hicieron ruido, y quienes cuidaban dejaron de encontrar su lugar. Zenelia cuidaba a su padre con Alzheimer y a una mujer de 97 años. Un día, no pudo volver a sacarlos a tomar el aire en la calle.
El ruido excesivo, los andenes ocupados, el acelere de la vida son barreras para el cuidado que es necesario repensar y proponer alternativas inclusivas. La ciudad cambió, y el cuidado desapareció del paisaje.
El parque de la Asomadera fue escenario de descanso, conversación y vida lenta, un patrimonio reconocido desde las emociones. Para las mujeres que hoy cuidan, ese tiempo quedó atrás. Aunque el mirador se renovó, no se pensó en crear condiciones de acceso para ellas y las personas que dependen de sus cuidados.
No es la montaña la que excluye: es la forma en que se decide la ciudad. Repensar los espacios de ciudad con un enfoque del cuidado es una tarea que debe estar en la agenda pública, que lugares como La Asomadera permitan que también allí la ciudad proteja y genere condiciones de inclusión y disfrute para todas las personas. El cuidado necesita aire, horizonte, respiro.
El Salvador fue corazón de encuentro: tiendas pequeñas, heladerías, el Morro Cristo como horizonte, la carrera 36 como columna del barrio. Allí se celebraba, se lloraba, se hacía mercado, se criaban hijos y se cuidaba a los mayores.
Pero también fue un territorio construido en pendiente, donde cada cuadra es una cuesta y cada trayecto exige fuerza y apoyo. Las mujeres que hoy cuidan sostuvieron este barrio desde siempre: acompañaron a sus familias, atendieron negocios, alimentaron al vecindario, hicieron comunidad en medio de la escasez.
Cuando la dependencia llegó enfermedad, vejez, discapacidad esas mismas cuestas que antes se subían sin pensar se volvieron muros invisibles. En El Salvador, cuidar significa medir cada paso.
El Centro de Integración Familiar (CIF) es uno de los pocos lugares en la comuna donde las personas cuidadoras y las personas mayores encuentran respiro: talleres, compañía, escucha, un tiempo para sí. La comunidad lo reconoce como patrimonio vivo, no porque sea antiguo, sino porque allí se han sostenido vidas cansadas.
Pero llegar no es sencillo. El CIF está ubicado sobre una vía rápida, amplia y ruidosa, sin pasos peatonales seguros, sin rampas continuas, sin semáforos que protejan el cruce.
Para quienes caminan empujando una silla de ruedas, acompañando a alguien con movilidad limitada, o guiando a una persona con discapacidad visual, el camino hacia el cuidado se convierte en riesgo.
Aquí, el derecho a cuidar(se) existe, pero no se puede alcanzar sin miedo.
Los Guayabales fue un territorio rural de respiro en la Comuna 9. Allí las mujeres que hoy cuidan podían antes cuidar(se): cocinar en grupo, escuchar la quebrada, sentir el viento en la piel. Era un lugar para estar juntas en familia, para conversar, para reír mientras el sancocho se hacía lento.
La urbanización del territorio y la llegada de grandes proyectos constructivos apagó esos escenarios de pausa y de descanso emocional. Lo que antes era paisaje compartido hoy son muros, rejas y conjuntos cerrados.
El cuidado perdió un lugar esencial para descansar. Pero desde la memoria, lo rescatamos y lo valoramos, para darle lugar en la comuna a espacios de respiro tan significativos y potentes como los Guayabales.
Los Pomales existieron primero como juego. Niñas y niños de La Milagrosa, Buenos Aires y El Salvador caminaban hasta esas mangas abiertas como quien se adentra en un mundo secreto.
Entre árboles y pasto alto se recogían pomas, guardadas en el hueco de la falda, para llevar algo dulce a la mesa. Allí no solo se recogían frutos: también se aprendía a estar con otros, a hacer amistad, a confiar, a reír, a acompañarse.
Hoy, Los Pomales ya no están. La urbanización borró el paisaje, pero no la memoria. Las niñas de la falda recogiendo pomas son hoy mujeres cuidadoras.
Su tiempo ya no se estira hacia la quebrada ni hacia el juego: se concentra en la casa, en el cuerpo que cuidan, en la rutina que casi no deja respirar.
El barrio Pablo Escobar fue presentado como solución: “Medellín sin tugurios”. Pero las pendientes pronunciadas y las escaleras interminables cerraron la posibilidad de circular con libertad, especialmente para quienes cuidan y para quienes requieren cuidado.
Para muchas mujeres, el mundo se redujo a la puerta de la casa: no se podía bajar al parque, ir al mercado, visitar a una vecina, salir a caminar.
Aquí queda claro que el acceso no es solo infraestructura: es la posibilidad de tener vida social, descanso, apoyo, comunidad. Sin accesibilidad, la casa se convierte en encierro.
El Salvador es un barrio que nació alrededor del Morro Cristo, entre calles empinadas y casas levantadas a pulso. En las famosas "Avenidas", habitaban familias pudientes, pero más arriba, cerca al morro, la vida se hacía más difícil, más precaria. Las mujeres que hoy cuidan fueron las mismas que, en convite, hicieron caminos, levantaron paredes, sostuvieron la vida. Las centralidades —el Hoyo, Pida Huevo, Costa Azul, la Escuela Especial— son territorios donde se tejieron amistades, amores y comunidad.
Pero las pendiente, el tráfico y la ausencia de rutas accesibles para las personas mayores y con discapacidad han ido encerrando a quienes hoy dependen del cuidado: salir ya no es sencillo, la calle dejó de ser un lugar seguro.
La Milagrosa nació entre devoción y barrio. Antes se llamó barrio Quijano; luego, la comunidad le dió el nombre y alma en homenaje a la virgen. La calle 45 —El Cuchillón— fue ruta de noviazgos, trabajo y encuentro. Heladerías como La Carreta, el bar Santos, el bar El Cambray y el parque principal en la cima del cerro fueron escenarios de afectos.
Hoy, la vía angosta y el ascenso dificultan caminar, descansar, llegar. La memoria del cuidado permanece, pero el acceso se ha vuelto cuesta arriba.
Ayacucho fue una calle habitada, con puertas abiertas y vecinos que se conocían por nombre. La llegada del tranvía renovó la ciudad, sí, pero también desplazó silenciosamente cuerpos que necesitaban quedarse: adultos mayores, personas en silla de ruedas, mujeres que cuidaban.
Las aceras se llenaron de mesas, ruido, comercio, y la calle dejó de ser caminable. Lo que antes era barrio, hoy es corredor.
En la vía hacia Santa Elena, el CIF se convirtió en un respiro posible: un lugar donde las personas mayores y con discapacidad pueden ser acompañadas y atendidas. La comunidad lo reconoce como un hogar extendido.
Pero el acceso es riesgoso: carretera ancha, sin semáforos ni puentes, tráfico veloz. El derecho a llegar se vuelve una apuesta peligrosa.
El barrio Pablo Escobar, conocido también como Medellín sin Tugurios, nació como un proyecto de esperanza: casas alineadas, escaleras hacia el cielo, promesas de futuro.
Pero con los años, las mismas escaleras se volvieron murallas. Las cuidadoras que antes subían y bajaban con fuerza, hoy enfrentan pendientes imposibles, sin rampas ni transporte accesible.
El hogar, que debía ser refugio, se convirtió en encierro. Cuidar aquí significa quedarse adentro, mirar desde la ventana los espacios comunes que ya no se pueden habitar.
El cuidado no ha sido pensado en el urbanismo, ni el urbanismo ha sido pensado en clave de cuidado.
Loreto se construyó en convites: las casas, la iglesia, la biblioteca y la vida cotidiana se levantaron con manos de mujeres que cocinaban para las obras, vendían empanadas y recogían fondos comunitarios.
Hoy esas mismas mujeres cuidan a sus mayores. Pero la loma inclinada, el tráfico y la falta de rutas accesibles restringen la caminata, el encuentro, la misa y la tienda.
El Nacional nació entre mangas de tierra amarilla, casas de bareque y techos de zinc que temblaban con el viento. Las mujeres levantaron el barrio con sus manos, cuidando a los suyos entre pendientes imposibles y cañadas abiertas. Vendían fritos, atendían la tienda, curaban a los enfermos y sostenían la vida cuando la violencia se tomó las calles.
Cuidaban en silencio, resistiendo la violencia que se apoderaba del barrio en los 90. Cada empanada fue un acto de amor, cada jornada una forma de esperanza. El Nacional es memoria del cuidado cotidiano: un barrio tejido con miedo y ternura, donde las mujeres hicieron del resistir una manera de cuidar.
Este proyecto nos mostró que el patrimonio no solo está hecho de edificios o lugares, sino de los vínculos que las personas tejemos con ellos. Las mujeres y hombres cuidadores reconocen el barrio desde la memoria afectiva: desde los caminos recorridos, los encuentros perdidos, los sueños compartidos y los lugares que hoy resuenan en su interior.
Sin embargo, también evidenciamos que muchas de estas centralidades ya no son accesibles para ellas ni para quienes cuidan. El cuidado sigue ocurriendo, muchas veces, puertas adentro, privatizado.
La ciudad no siempre se diseña pensando en el cuidado, pero puede comenzar a hacerlo.
Este proyecto es un primer paso hacia reconocer el cuidado como un derecho, y hacia la construcción de territorios donde todas las personas puedan habitar la vida con dignidad.